Me lavé la cara y las manos con abundante agua, una vez leí en un libro que los musulmanes lo hacen antes de hacer sus oraciones para purificarse.
Un gritó salió de la oscuridad interrumpiendo la conversación. No entendí bien lo que dijo pero en menos de un segundo pude ver en la oscuridad un hombre con un puñal apuntándonos. No nos separaban ni 30 centímetros de aquella mirada llena de odio.
¡Saqué el celular! volvió a gritar.
Lentamente volteé a ver a mi amiga.
¡Corra Mariella!
Sin pensarlo corrí cuesta abajo con una velocidad que pocas veces antes había logrado alcanzar.
Aturdida me detuve. ¿Y Armonía? ¡La deje sola!
Me devolví con precaución, pude ver el contorno de mi amiga saliendo de la oscuridad. Mientras ella se acercaba un taxista se detuvo a preguntar por mi estado.
¡Estoy bien, gracias! Le conteste mientras corrí hacia donde Armo y la abrasé.
Ella se había tirado a la calle a detener los autos cuando yo salí corriendo. Fueron acciones realizadas en menos de un segundo las que no permitieron que aquello pasara a más. Hicimos un buen equipo.
A pesar de salir imbatibles preferí tomar taxi camino a casa. Quedé nerviosa.
Llamé a mi papa por el celular y le conté lo sucedido, sin embargo no le di muchos detalles pronto nos veríamos.
Cuando llegué subí con prisa las escaleras, y le di un beso a mi papá. Le empecé a contar lo que había pasado pero este estaba ido con la televisión, y viendo al niño por un monitor al lado de la cama por lo que detuve mí historia. Él no lo noto.
Al rato lo escuche hablando con la esposa de un asalto de un ex candidato a la presidencia. Parecían sorprendidos por el hecho por lo que me fui a incorporar.
¡Vero vieras a mi también me acaban de asaltar!
Pero no hubo respuesta, como si no me hubieran escuchado, por lo que añadí:
-Ah! ¿Papi te contó?-
-No no- contestó.
Desconcertada por la falta de interés llamé a mi hermana para contarle. Cuando colgué mi papá se acerco:
¿Como esta Armonía?
-Esta bien- contesté.
-Ah bueno, vamos a empacar los muebles de arriba por si querés ayudarnos. -
Así como las acciones en menos de un segundo nos permitieron salir tranquilas y victoriosas camino a casa. Fueron las acciones que pudieron haber tomado un segundo las que me hicieron sentirme mal esa noche.
¿Por que tenía que herirme o quitarme algo para que lo sucedido tuviera significado en mi propia casa?
Es acá donde la teoría de Subiela se comprueba una vez más. La indiferencia en los seres humanos es la que nos esta matando. Nadie se toma la molestia de satisfacer una necesidad emocional.
Una mirada, un abrazo, una muestra de interés hubieran tenido gran significado para mi.
Esa indiferencia no significa que no me quieran.
Esa indiferencia fue la que me hizo llorar.
Esa indiferencia fue el golpe, no el asalto.